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Autocuidarme para vivir mejor

  • Foto del escritor: Claudia Requejo
    Claudia Requejo
  • 19 sept 2025
  • 4 Min. de lectura

El autocuidado es un concepto que en los últimos años ha cobrado una gran relevancia dentro de la psicología y de la salud en general. A menudo se malinterpreta como simples gestos de indulgencia o actividades superficiales, como hacerse un regalo puntual o reservar una tarde de ocio. Sin embargo, el autocuidado va mucho más allá de esos momentos y se entiende como un proceso activo, consciente y sostenido que busca preservar el bienestar integral de la persona, tanto a nivel físico como psicológico, social y espiritual. Invertir en autocuidado implica desarrollar una relación sana con uno mismo, atender las propias necesidades y generar hábitos que prevengan el malestar y promuevan la resiliencia (WHO, 2014).


En primer lugar, cuidarse requiere de un ejercicio de conciencia emocional. Reconocer lo que sentimos y poder darle un nombre a esas emociones nos permite gestionarlas de forma más adecuada. La represión, la negación o el juicio severo hacia lo que uno experimenta suele intensificar el malestar, mientras que la aceptación favorece la regulación (Gross, 2015). El autocuidado emocional consiste en escucharse, legitimar lo que se siente y buscar vías saludables de expresión, ya sea a través del diálogo con alguien de confianza, de la escritura o del arte. Las emociones son indicadores que nos muestran la relación entre nuestro mundo interno y externo, y prestarles atención es un modo de atendernos a nosotros mismos.


Otro aspecto clave es la capacidad de establecer límites. Muchas personas sienten que no se cuidan porque viven sobrecargadas de demandas externas o internas. Saber decir “no” cuando algo compromete el equilibrio personal, priorizar las tareas realmente relevantes o darse permiso para descansar son prácticas fundamentales. Poner límites no implica egoísmo, sino reconocer que el tiempo y la energía son recursos limitados y que su uso responsable permite sostener la salud mental en el largo plazo (Neff & Germer, 2018). El autocuidado, en este sentido, se relaciona con la responsabilidad de administrar los propios recursos vitales.


La dimensión física no puede quedar al margen. Cuidar el cuerpo es también cuidar la mente, porque ambas realidades están estrechamente vinculadas. Mantener hábitos de sueño reparador, procurar una alimentación variada y equilibrada, hidratarse adecuadamente y moverse de manera regular son pilares básicos. El cuerpo actúa como sostén de los procesos psicológicos, y el descuido en este nivel suele generar un impacto directo en el estado de ánimo, la atención o la capacidad de afrontamiento (Sharma et al., 2006). El autocuidado corporal no debe entenderse como una obligación rígida, sino como un modo de favorecer que el organismo funcione en las mejores condiciones posibles.



A su vez, el manejo del estrés y de los pensamientos automáticos es otro de los ejes del autocuidado. La práctica de técnicas de relajación, la meditación o el mindfulness ha demostrado ser eficaz para reducir la tensión acumulada y fomentar la claridad mental (Kabat-Zinn, 2003). Identificar pensamientos distorsionados, cuestionarlos y generar alternativas más ajustadas a la realidad es una forma de cuidar la mente, que nos protege frente a la ansiedad y la desesperanza. El autocuidado cognitivo supone, por tanto, cultivar una mirada más compasiva, flexible y realista hacia uno mismo y hacia el entorno.


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La esfera social también desempeña un papel esencial. Las relaciones interpersonales influyen directamente en el bienestar emocional, por lo que es importante rodearse de personas que aporten apoyo, respeto y confianza. Del mismo modo, resulta necesario alejarse de vínculos tóxicos o situaciones en las que predomina el abuso emocional. Pedir ayuda cuando se necesita y compartir lo que uno siente son prácticas que, lejos de mostrar debilidad, fortalecen la red de sostén y protegen frente al aislamiento (Cohen & Wills, 1985).

El descanso genuino es otro de los elementos centrales. No se trata únicamente de tener tiempo libre, sino de aprovecharlo para desconectar de las exigencias y reconectar con lo que resulta reparador. A veces bastan breves pausas durante el día para respirar, estirarse o desconectar de las pantallas. Otras veces es necesario reservar momentos para actividades placenteras, aquellas que aportan calma y disfrute sin otro fin que el propio bienestar. El descanso auténtico es una inversión en salud psicológica, no un lujo.


Finalmente, conviene tener en cuenta dos barreras frecuentes: la culpa y la autoexigencia. Muchas personas sienten que cuidarse es un acto egoísta o improductivo, lo que les lleva a postergar sus propias necesidades en beneficio de otros o de las obligaciones. Sin embargo, el autocuidado no es opcional ni un capricho, sino una condición necesaria para poder sostener la vida cotidiana, las responsabilidades y el cuidado hacia los demás. Tratarse con empatía, aceptar los propios errores y limitaciones y reconocer que se merece atención son actitudes fundamentales para consolidar un verdadero hábito de autocuidado (Neff, 2003).


En conclusión, cuidarse implica integrar prácticas emocionales, físicas, cognitivas y sociales en la vida diaria. No existen fórmulas universales, ya que cada persona debe adaptar las estrategias a sus circunstancias y necesidades. Lo importante es comenzar con pasos pequeños, escucharse de manera constante y recordar que el autocuidado es un compromiso a largo plazo con uno mismo. Atender esta dimensión no solo previene el malestar, sino que fortalece la capacidad de disfrutar, de afrontar la adversidad y de construir una vida más coherente con lo que realmente importa.


"Crecer con equilibrio empieza por cuidar nuestras raíces"
"Crecer con equilibrio empieza por cuidar nuestras raíces"

Referencias bibliográficas

  • Cohen, S., & Wills, T. A. (1985). Stress, social support, and the buffering hypothesis. Psychological Bulletin, 98(2), 310–357.

  • Gross, J. J. (2015). Emotion regulation: Current status and future prospects. Psychological Inquiry, 26(1), 1–26.

  • Kabat-Zinn, J. (2003). Mindfulness-based interventions in context: Past, present, and future. Clinical Psychology: Science and Practice, 10(2), 144–156.

  • Neff, K. D. (2003). Self-compassion: An alternative conceptualization of a healthy attitude toward oneself. Self and Identity, 2(2), 85–101.

  • Neff, K. D., & Germer, C. K. (2018). The Mindful Self-Compassion Workbook. New York: Guilford Press.

  • Sharma, M., et al. (2006). Physical activity and mental health: A review. Journal of Human Behavior in the Social Environment, 13(4), 55–71.

  • World Health Organization (WHO). (2014). Self-care for health: a handbook for community health workers & volunteers.

 

 
 
 

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